miércoles, 8 de diciembre de 2010

3:05

BY Ricardo Ayala No comments


Salto de azotea en azotea. De mis manos emergen dos cuchillas largas y filosas. Una horda de vampiros me rodea y comienzo a cortar miembros. Piernas, brazos, cabezas. Las cuchillas siguen limpias. No hay sangre. Salto desde una terraza y a medio viaje siento un golpe en mi costado izquierdo. Al caer al suelo doy varios giros y termino en una pared medio aturdido. la chica vampiro que me golpeo ya tiene listos los colmillos. Ella y sus 143 amigos que la acompañan. Creo que esta vez mis dos cuchillas no me serán suficientes...

Estoy en el salón de clases. Exactamente en el salón 22 de los edificios rosas. El profesor esta entregando los exámenes del parcial pasado y me dice que pase al pizarrón y desarrolle el problema 3 que solo yo pude resolver. 27 compañeros fijan su mirada en lo que estoy haciendo. A mitad del problema me doy cuenta que no tengo idea de lo que estoy haciendo. Mi memoria se borra como letras en las arenas a la orilla del mar. El profesor me manda a mi lugar y cuando recupero mi conciencia ya no estoy en el salón 22. Estoy en servicios escolares. Estoy buscando a alguien que me diga si termine la carrera; siento que algo me falta, no hay nadie que me haga caso. Parece que soy invisible. La duda me atormenta, ya paso mucho tiempo y no se quien soy...

El agua es tibia y dulce pero no tanto como sus besos. El sol brilla y el clima en los cabos es paradisíaco. Estamos ella y yo desnudos y flotando sobre el mar de cortes rodeados de delfines rosas. Mi Monselinda sonríe y su sonrisa irradia mas luz que el mismo sol que nos calienta. Los delfines nos protegen y hacen piruetas graciles para que ella olvide su pasado. Nos besamos como nunca nadie se ha besado y el tiempo se detiene para hacer ese momento eterno. Le digo en el oido que la amo y ella sonríe y me dice que lo sabe. Se separa de mi y un delfín pasa a su lado y ella se monta sobre él y los demás delfines se juntan a su alrededor y la veo tan feliz, tan irreal. De pronto los delfines se sumergen al unísono y espero la salida espectacular de cada uno de ellos. Espero y sigo esperando. Después de un par de minutos me sumergo y en la claridad de las aguas los veo que se alejan escoltando al delfín de mi Monselinda. Ella voltea y levanta su mano haciendo la señal universal que significa el fin del mundo para mi. La mano abierta girando de izquierda a derecha intermináblemente. Ella me dice adiós. El agua dulce del mar de cortés deja de existir. Con mis lagrimas la convierto en agua salada. El amor y la felicidad se convierten en sueños irreales y lo único que me rodea es un mar frío y salado. El día cálido y soleado da paso a una noche obscura y sin luna. Los delfines rosas que otrora me acompañaban están tan lejos y ahora mi compañía son pirañas. Pirañas que se alimentan de mi carne y de mi alma. Al final no importa cuan salado y frío sea el mar que me rodea o que tanto me lastimen y dañen los mordiscos de las pirañas; en mi interior, en algún lugar de mi cerebro y de mi corazón esta ese día soleado en que le dije que la amaba. Me quedo con ese recuerdo de ella sonriendo, de ella siendo feliz a mi lado. Un adiós no cambia nada...

Despierto y veo el reloj: son las 3:05 de la madrugada.

Siempre.