miércoles, 29 de enero de 2014

El fin de la inocencia

BY Ricardo Ayala No comments


El viento acariciaba suavemente su rostro. Nada parecía real y, sin embargo, la vista que tenía frente a sí era inconmensurable, era tangible, era mortal. No quería pensar en el futuro; esa palabra era tan vacía en ese momento pero sabía que era precisamente ahí, el futuro, donde viviría el resto de su vida, así era para todos. Bueno, para ellos el futuro estaba mucho mas cercano que para él. Bajo su comando tenía miles de huestes listas para hacer lo que él les ordenara pero por ahora solo podía contemplar lo que los hombres y las mujeres de aquella hermosa ciudad habían logrado. Grandes palacios de cúpulas doradas, mármol y cantera esculpidos con gran maestría, seductores jardines con todo tipo de flores y árboles de todos los rincones del mundo conocido, lagos y fuentes con un agua cristalina y fresca para saciar las sed tanto de personas como de animales que borbollaban por sus calles de trazos perfectos y diseño inteligente. El hombre había logrado en tan poco tiempo el entendimiento, la solidaridad y la justicia entre ellos. El equilibrio justo en donde todos los habitantes tenían su lugar y su quehacer y el tiempo adecuado para convivir con su familia y amistades y educarse y divertirse y también servir a su ciudad con alegría y sin otro fin que mejorar la comunidad. El crimen y los delitos eran cosas aisladas que cuando sucedían eran severamente sancionados bajo un régimen de justicia impecable que no daba pie a dudas. Los gobernantes eran queridos y admirados por los gobernados y estos a su vez eran protegidos y procurados por aquellos. La educación, el arte, la cultura y las ciencias eran impartidas en las plazas públicas y asistía quien asi lo deseaba y a su vez se fomentaba el altruismo y la aceptación entre todos sin importar apariencias físicas o niveles sociales.
Y no estaba bien. El hombre no debía vivir en tal estado de perfección, en tal estado de paz y abundancia. La congruencia y el amor entre ellos era por si mismo un peligro latente que no podía dejarse crecer. Su destino y su futuro tenía que ser caótico, crudo, doloroso, fincado sobre el miedo y la traición, sobre el odio y la guerra, sobre el sudor y la sangre, sobre la explotación y la desgracia. Tenía que ser inexorable e irremediable, sin lugar para la esperanza.
Él solo recibía ordenes y no importaba si estaba de acuerdo o no. Sobre una colina en el desierto, la suave brisa del viento jugaba con sus rizos dorados y él solo miraba el paraiso sobre la tierra. La espada de fuego que blandía su mano sería la señal para el ejercito que lo seguía de hacer desaparecer ese paraiso frente a él. Ellos esperaban sin entender la razón del retraso. Lo veían ahi, de pie, casi inmóvil y de espaldas. Si alguno de ellos hubiera estado frente a él, habría notado el par de lagrimas que surcaban las mejillas del Ángel. Sodoma estaba condenada y él seguía sin entender el porqué.